lunes, noviembre 27, 2006

El oso goloso

El oso goloso

Yoli era una niña muy feliz de siete años que vivía justo encima de la dulcería donde su madre vendía a todo el mundo todo tipo de golosinas.

Todos los niños y niñas del pueblo conocían su tienda, pues allí sus madres compraban las rosquillas, las empanadas, los donuts e incluso, los bollicaos.

Muy cerca del pueblo había un frondoso bosque de robles al que nadie se atrevía a entrar, unos decían que estaba encantado, otros que habían escuchado grandes gemidos en la noche, y otros que allí vivían extrañas criaturas que se comían a todo aquel que se aventuraba en sus dominios.

Lo cierto es que aquel bosque no estaba encantado ni nada parecido, lo único que ocurría es que allí vivía un oso que le había quitado las cestas de comida a los pocos excursionista que se habían aventurado a entrar y que cuando se quedaba sin cena, se quejaba dando grandes gemidos del hambre que tenía.

Aquel oso era algo especial, era muy, muy goloso. Le encantaban los bollos, las medias lunas, las rosquillas. Ocurría que como se había corrido la voz de que aquel bosque estaba encantado, cada vez eran menos los excursionistas a los que poder quitarles sus meriendas, y cada vez eran más las noches en que se quedaba sin cena y gemía hasta quedarse dormido.

Como tenía mucha hambre, había cogido una mala costumbre, por la noche, cuando todos dormían, bajaba hasta el pueblo, entraba por la ventana a la dulcería de la madre de Yoli y comenzaba a comerse todos los dulces que habían preparado.

Cada vez que ocurría, todos en la casa se asustaban mucho por los ruidos y golpes que escuchaban, y como tenían miedo, se escondían debajo de las sábanas.

A la mañana siguiente se encontraban la dulcería revuelta, con todas las bandejas por el suelo y con la mayoría de los dulces mordisqueados.

La madre de Yoli estaba harta de que la misma historia se repitiese cada noche y decidió dar un escarmiento al responsable de semejante desbarajuste.

Compró un gran bote de pimienta, guindillas, espuma de afeitar y pegamento. Empezó a hacer las tartas, pero en lugar de azúcar, echaba mucha, mucha pimienta, en lugar de merengue, hacía unos pasteles con espuma de afeitar, les metía una guindilla picante dentro y en lugar de untar los donuts con chocolate los untaba con pegamento superfuerte.

El oso goloso no tenía ni idea de las maquinaciones de la madre de Yoli y aquella noche bajó como tantas otras, creyendo que iba a darse un empacho de aquellos dulces tan buenos.

Entró por la ventana y se dirigió directo a las tartas, cuando les dio el primer mordisco, los colores se le subieron a la cabeza, se puso colorado como un tomate y con muchísimo esfuerzo se tragó aquel trozo de tarta tan extraño.

Dejó las tartas y se dirigió a los pasteles de merengue, los cogía de cinco en cinco y se los iba metiendo en su enorme boca , tragando y tragando sin parar. Cuando las guindillas salieron en su estómago de la espuma de afeitar empezaron a darle una una fuerte dolor de barriga y unas ganas enormes de eructar, pero ante su sorpresa, cada vez que lo hacía comenzaban a salir de su boca más y más pompas de jabón.

El oso goloso ya no tenía muchas ganas de seguir comiendo aquellos dulces tan indigestos, pero entonces vio sobre el mostrador una bandeja repleta de donuts, su dulce preferido, cogió uno con cada mano y se los llevó a su enorme boca.

¡Uhmmm! ¡ummmm! ¡ummmmm! – gemía desesperado. Los donuts con pegamento se le había quedado pegados en las manos y en los dientes y ahora ya no podía abrir la boca, ni soltar los donuts.

Yoli y su madre escucharon los gemidos del pobre oso goloso y bajaron armadas con escobas para terminar de escarmentar al intruso comilón.

Cuando vieron al oso goloso revolcándose por el suelo, colorado como un tomate, echando pompas de jabón por los agujeros de la nariz y con los donuts pegados en las manos y en los dientes, se echaron a reir y dejaron las escobas en el suelo.

  • Te está bien empleado por goloso – le decía Yoli.

  • Por favor, soltadme, no volveré a hacerlo más. – parecía decir el oso.

  • Está bien, si prometes que nunca más volverás a entrar a robar dulces te soltaremos – decía la madre de Yoli.

  • Lo prometo – decía el oso goloso.

Yoli y su madre ayudaron a despegarle los donuts y le dieron una buena sopa y un zumo de limón, hasta que se le pasó la indigestión que aquellos dulces le habían causado.

A partir de entonces el oso goloso dejó de bajar por las noches a comerse los dulces, pero como se había hecho muy amigo de Yoli, bajaba a jugar con ella y su madre, que les preparaba una merienda para chuparse los dedos.

Cuando todos en el pueblo se enteraron de que el bosque ni estaba encantado ni nada, comenzaron a ir otra vez de excursión y cuando veían al oso goloso, en lugar de salir corriendo, le invitaban a merendar con lo que le oso goloso empezó a tener muchos amigos y dejó de quitarles las meriendas a los excursionistas y a gemir de hambre por las noches.

Marce

El oso goloso

Helouses:

El oso goloso será el segundo cuento que introduzco como entrada en mi Blog. Es más corto en extensión que El Sol Remolón pero tiene algo que me gustó desde un principio.
¿Serán los dulces?

Mmm, no sé.

Espero que os guste.
Saludotes
Marce

viernes, noviembre 17, 2006

El sol remolón

Helouses:

El sol remolón es un cuento que pretendía ser un intento para trabajar con los niños y niñas el saludo, concretamente, buenos días y buenas noches.

Espero que os guste.

Saludotes.

Marce

El sol remolón

Todas las mañanas, sin faltar una, el señor Sol aparecía allá, en el horizonte, muy lejos, entre las montañas.

Tan puntual era que ya nadie se acordaba de él, después de todo, ¡era su obligación!, el señor Sol debía salir todas las mañanas para que sus rayos al entrar por las ventanas despertasen a los niños y niñas; para que los papás y mamás supiesen que era la hora de desayunar, de llevarles al colegio e irse a trabajar. Además el señor Sol debía seguir subiendo en el cielo para que los profesores supiesen cuando era la hora de irse al recreo y, naturalmente, debía seguir su camino para que todos parasen a comer cuando él estuviese en lo más alto del cielo.

Después debía empezar a bajar para poder saber cuando era la hora de la merienda o cuándo lo era de jugar. Y claro, debía terminar por esconderse, allá lejos, entre las montañas para que así todos cenaran y se fuesen a la cama.

Todos los días el señor Sol seguía la misma rutina. Al principio aquello le había parecido muy bien pues mucha gente se levantaba sólo para verle, o simplemente le miraban por la ventana, sonriendo, contentos porque gracias a él había nacido un nuevo día.

Pero con el tiempo, os mismos que se había levantado para verle o le habían sonreído por la ventana, ahora refunfuñaban o se escondían entre las sábanas, escapándose de sus rayos.

La situación había llegado a tal extremo que ya las personas no se saludaban con un sonriente ¡buenos días!, sólo susurraban entre dientes un extraño emesemedía y encima con cara de retortijón de barriga.

Una mañana, ¡el señor Sol no salió!, los niños y niñas se despertaron tarde, las clases no empezaron a su hora, nadie sabía cuando era la hora del recreo, y sólo supieron que era la hora de comer cuando los ruidos que hacían sus estómagos eran tan fuertes como la bocina de un autobús.

Por la tarde, ¡no hubo merienda!, los padres asustados no querían dejar salir a sus hijos a jugar, pero los niños y niñas se escaparon igualmente e hicieron una reunión en el parque de las ortigas.

- ¡Esto no puede ser! – gritaban varios.

- Hay que ir a la policía y que le pongan una multa al señor Sol. – decía otro.

- No, que lo saque el padre del “grúa”

No hacían más que discutir y no lograban ponerse de acuerdo sobre que hacer, hasta que Félix, que había aprendido a soltar discursos escuchando a su padre el alcalde, consiguió que todos se callasen y le escuchasen.

- Lo mejor es que elijamos a alguien para que vaya a hablar con él, así sabremos por qué no ha salido esta mañana.

- Sí, sí, sí, ¡qué vaya Félix! – gritaron todos.

A Félix no le quedó otro remedio que aceptar, pero claro, el sol vivía muy lejos, necesitaba provisiones, de modo que cada uno le dio algode lo que llevaba en los bolsillos.

Tomasín le dio dos monedas, Julio un caramelo, Adela, la hija de la tendera le entregó la magdalena que siempre reservaba, incluso Beto “el bestia” le regaló su lata de cola.

Félix caminó hacia las montañas de las que el señor Sol saía todas las mañanas, como tenía hambare y la caminata era larga se comió el caramelo y siguió andando, se tomó la magdalena y siguió andando, se bebió la cola y siguió andando, incluso le cambio a un conejo que encontro por el camino sus dos monedas por una zanahoria que también se comió y siguió andando.

Por fin llegó donde dormía el señor Sol, entre las dos montañas más lejanas, el muy vago estaba allí, acurrucado, echándose una siestecita.

- ¡Señor Sol!, ¡Señor Sol!, ¡Despierte!, ¡No sea usted remolón! Le grito Félix.

- ¿Y qué si soy remolón? – Contestó el señor Sol de malas maneras. – Total, ya nadie se levanta para verme salir, ni me miran sonriendo por las ventanas, si siquiera me dicen buenos días cuando me levanto y buenas noches cuando me acuesto. Ahora sólo refunfuñan, se dan la vuelta en la cama y hablan entre dientes.

- No sabíamos que estuviese molesto, como salía todos los días y no decía nada... – respondió Félix – Pero le prometo que voy a hablar con mis amigos y que a partir de mañana las cosas van a cambiar.

El Sol remolón, como la le llamaba Félix, se dejó convencer, entre otras cosas porque ya estaba muy aburrido de no hacer nada en todo el día.

A la mañana siguiente, todos los niños y niñas se levantaron para poder ver a través de sus ventanas como salía aquel Sol remolón, cuando por fin vieron aparecer sus rayos en el horizonte empezaron a gritar - ¡Buenos días!, - incluso algunos le invitaron a desayunar.

A la hora del recreo no se hablaba de otra cosa que del Sol remolón, le invitaron a jugar, a irse a clase con ellos, pero no cabía por la puerta de modo que le abrieron una ventana para que pudiese mirar por ella.

A la hora de comer le pidieron al cocinero que hiciera una suculenta fabada, redonda y de color amarillo, para que le Sol remolón comiese con ellos, y por la tarde, se pusieron pesados hasta conseguir que bajase a jugar.

Cuando era ya la hora de irse a la cama, el Sol remolón comenzó a ocultarse entre las montañas, muy contento pues los niños se despidieron con un sonoro ¡Buenas noches!

Por eso, a partir de ese día, siempre hay que decir buenos días al levantarse y buenas noches al acostarse, no sea que el Sol remolón se coja otra vez una rabieta y diga que no quiere salir.

jueves, noviembre 16, 2006

Qué es la Encrucijada de la Fantasía

Helouses de nuevo

La Encrucijada de la Fantasía pretende ser un blog de cuentos para niños. Nada pretencioso, no pretendo convertirme en escritor, simplemente me gusta crear historias y este es un medio tan bueno como cualquier otro para darles una salida. Espero que os gusten mis pequeñas historias. Unas serán mejores, otras peores, pero están escritas con algo fundamental, ilusión.

Saludotes
Marce